La hija oscura, una película necesaria

Leda Caruso aún no cumple los 30 años y tiene dos hijas. Juega con la mayor en el living a peinarse o, más bien, se deja peinar mientras está tendida en el suelo -casi rendida- con los ojos cerrados y accesorios de peluquería en la cabeza. Entonces escucha que su otra hija, la menor, comienza a llorar y debe pararse para ir a verla a otra pieza, pero la hija mayor se molesta, porque se suponía que era un tiempo para ellas dos solas.

Leda, esta madre joven, tiene tal agobio interno que -en otra escena- no logra darle un beso en el dedo a su hija mayor, a pesar de que la pequeña se lo pida explícitamente mientras llora, porque se cortó con un cuchillo. No le sale darle ese beso en el dedo. Tampoco le sale responderle cómo se deletrea la palabra volcán, cuando la niña la interrumpe mientras Leda intenta concentrarse en sus estudios de literatura comparada y traducción; temas que le apasionan pero a los que no puede dedicarse porque, en definitiva, cuida a sus hijas.

Este tipo de recuerdos son los que se le vienen a la cabeza a Leda, ahora ya de 48 años, mientras está de vacaciones sola en la costa mediterránea. Este -el presente de Leda-, es en realidad el escenario central donde se desenvuelve la trama de la película La hija perdida -el debut como directora de la actriz Maggie Gyllenhaal, de la adaptación de una novela de Elena Ferrante- que fue estrenada el año pasado con excelente crítica.

En estas vacaciones, cuando Leda ya es una profesora universitaria reconocida, conoce a Nina, una madre joven de una niña pequeña que también vive el agobio y las ansias de libertad. Ahí es cuando Leda se conecta con su propia historia, con el pasado que parecía haber superado. Y emergen recuerdos, imágenes, sensaciones, que la desbordan y la llevan a robarse una muñeca.

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“Esta película visibiliza el lado B de la maternidad, que está poco aceptado. Hoy existe un mandato de la sociedad, especialmente en redes sociales, de ser una madre que las hace todas: que juega con sus hijos, que cocina rico, que se ve bien, que hace deporte, que los cría respetuosamente, que es exitosa en su trabajo. Ver esta película es movilizador, porque te puedes reconocer en ese lado oscuro, contactar con la angustia de esta madre, con su soledad y con el sentimiento de culpa, que suele acompañar la maternidad de hoy”, dice la psicóloga Javiera Donoso (@amorpropio_sororidad), quien conduce un espacio terapéutico semanal llamado Mamás sin culpas, donde un grupo de mujeres se reúnen a compartir sus experiencias.

Protagonizada por Olivia Colman, Dakota Johnson y Jessie Buckley, la cinta se convirtió en una de las pocas que abordan el lado más oscuro de la maternidad, y ha sido aplaudida por su capacidad de llevarnos a la psicología más recóndita de una mujer, que es madre, que ansía libertad, que quiere explorar sus deseos, y que no logra resolver o elaborar internamente sus contradicciones y complejidades. O bien lo hace de una manera poco usual que le seguirá repercutiendo por años. Su detalle y profundidad en el guión y la interpretación le valió tres nominaciones a los recientes Oscar, además de premios en festivales de cine.

“La ambivalencia de Leda hacia la maternidad (magnética, vulgar, reveladora, repulsiva) es una postura que rara vez se explora en la pantalla”, señaló The Guardian en la reseña que se hizo de la cinta a inicios de este año, mientras que en The New York Times la crítica de cine Jeannette Catsoulis apuntó, certera, que Leda personifica un tipo de mujer cuyas necesidades rara vez se abordan en las películas comerciales estadounidenses. “Nos puede disgustar, pero nunca se nos permite insultarla”, escribió. Y es que Leda puede ser muchas cosas, pero todas tenemos algo de ella. Apuntarla con el dedo sería, en definitiva, negar también nuestras sombras más escondidas.

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